No dejes a los niños solos en la cocina

 Si metemos en una olla un poco de caldo, una cebolla, una pizca de terror, una zanahoria ensangrentada, una buena cucharada de humor, lo dejamos 5 minutos a fuego lento y luego salpimentamos con algo de surrealismo.... obtendremos un delicioso ejemplar de "No dejes a los niños solos en la cocina".



Este libro combina los textos de Laura Torne (una de las vengadoras de Muerte a los Hombres Malos) con las ilustraciones de Javi Gracia, y a través de sus veinte relatos negros nos conduce a otras tanta recetas.





Se me ocurren cuatro casos en los que deberías leerlo:

1º. Si eres de los que siempre vas corriendo a todos lados, y echas de menos sentarte a leer un libro...pues aquí tienes la oportunidad de introducirte en 20 historias mientras cocinas, así ahorrarás tiempo haciendo dos cosas a la vez!

Si te gusta tomarte la cocina con tranquilidad, disfrutando del momento, con tu copa de vino y tu música de fondo... este libro podrá ambientarte y trasladarte al escenario de una peli de terror

Si por el contrario cocinar te supone un suplicio...podrás completar las recetas sin apenas darte cuenta, ya que estarás embelesado con la historia.

Si eres un masoquista de tomo y lomo, y estás a dieta, qué mejor que martirizarte cada noche leyendo en la cama este libro, para que mueras ahogado en tu propia saliva o pierdas la audición con el rugido de tus tripas.

Si te has identificado con alguno de estos casos, te recomiendo que acudas inmediatamente a la tienda online y lo compres al precio de 15 euros.



Y para que vayas abriendo el apetito, aquí tienes uno de sus relatos-receta:


Huevos estrellados con patatas y jamón ibérico o foie

Entre otros muchos problemas, aquel día el mayor de María Isabel fue decidir qué haría para cenar. No era ninguna cena especial. Era un jueves por la noche y acababa de llegar de trabajar tras su jornada de ocho horas. Ocho interminables horas en la cadena de montaje, colocando arena con cuentagotas en relojes de arena.
Rodeado de relojes el tiempo siempre pasa más lento. Por eso, en su vivienda de protección oficial recientemente adquirida no existían los relojes. Tampoco en sus muñecas ni como despertadores. Incluso había desconectado la función “reloj” de su teléfono móvil. Curiosamente, siempre sabía la hora exacta que era e incluso se despertaba cada mañana a las 7.30 en punto, exceptuando los días de fiesta, que dejaba correr las agujas a su voluntad. Era como si después de tantos años trabajando en una fábrica de relojes de arena, hubiera aprendido a interiorizar el transcurrir de los minutos y su cuerpo fuera un “bioreloj” con un mecanismo perfecto que jamás fallaba.

El ruido de su estómago, más impaciente que ella, hizo que por fin se decidiera. Sacó cuatro patatas medianas de un saquito que tenía bajo el taburete de la cocina. Dudó entre si serían suficientes o no. Primero se decantó por el sí y después por el no. Luego otra vez por el sí y posteriormente por el no. Al final, no cogió más patatas del saco.
Las cortó en monedas mientras dejaba que se calentara el aceite de oliva en una sartén grande. Utilizando las dos manos, al contrario del resto de personas, era muy lenta. Le costaba trabajar con ellas a la vez. Por eso quizás era buena en su trabajo, donde tan sólo necesitaba una mano y un pulso firme para dejar caer la cantidad de arena establecida en los millones de contenedores de cristal que cada día pasaban frente a sus ojos. Sin embargo, ambas manos, por sí solas, le eran igual de válidas; una especie de ambidiestra con limitaciones.

Puso las patatas en la sartén y echó sal. Bajó el fuego. Pero luego lo subió y volvió a bajarlo para después subirlo. Buscó en su libro de recetas la de los huevos estrellados y leyó en voz alta “…primero a fuego suave y cuando estén casi hechas a fuego más fuerte, para que se doren sin quedar demasiado crujientes”. Le quedó claro lo que debía hacer.

Desde pequeña había sido una niña con dificultades a la hora de tomar decisiones. Su familia lo entendía, sus amigos también. Ella era la única a la que le costaba asumir que eso era un grave problema.
Visitó a muchos psicoanalistas. El último le dijo que era como si tuviera una relación de pareja mal avenida y que la única solución era que visitara a un consejero matrimonial. Estalló en una carcajada y jamás volvió a esa consulta ni a ninguna otra.

Pasaron tres minutos hasta que decidió si estaban los suficientemente doradas o no. Las sacó del fuego y las dejó sobre un plato con papel de cocina para que chupara el aceite y estuvieran bien escurridas. Sacó cuatro huevos de la nevera y los abrió de dos en dos, utilizando ambas manos. Cuando hacía cosas como esa era todo un espectáculo. La gente que no la conocía la miraba entre curiosa e incómoda.
Con los cuatro huevos en la misma sartén donde había hecho las patatas decidía, una vez más, la potencia a la que debía dejar el fuego. Tuvo que volver a leer la receta. “Medio-alto”. Y así lo hizo. La única forma de ponerse de acuerdo consigo misma era utilizando pequeños trucos como este.
Bañaba los huevos continuamente con el aceite utilizando una espumadera. Ahora con la derecha, ahora con la izquierda.
Antes de que estuvieran listos sacó el papel de cocina de debajo de las patatas. Pero utilizó ambas manos para eso y algunas de ellas fueron a parar al suelo, manchando las baldosas que acababa de fregar el día de antes. Se enfadó y lanzó cuatro tacos al aire, los que le dio tiempo antes de que una gota de aceite ardiendo saltara sobre su mejilla. Entonces, cambió los tacos por sollozos. Pero al recuperarse, volvió a contraatacar con algunos tacos más hasta que se calmó.

Añadió los huevos sobre el plato de patatas y los trinchó con muy malas formas. Parecía que estuviera acuchillándolos. Levantaba ambas manos, cada una con un cuchillo bien afilado, y las dejaba caer con furia sobre las patatas y los huevos que cada vez estaban más desmenuzados.
Cuando se cansó paró. Lo hizo antes su mano izquierda que la derecha, que siguió unos segundos más. Respiraba de forma entrecortada, agotada por el sobreesfuerzo, sin dejar de fijar la mirada en el plato de huevos estrellados con patatas.

Y llegado este momento, tuvo que decidir entre acompañarlo con jamón ibérico o con foie. Por supuesto, primero dijo jamón ibérico y luego dijo foie. Jamón ibérico, foie. Jamón ibérico, foie. Jamón ibérico, foie. Jamón ibérico... y antes de que pudiera pronunciar la palabra “foie” de nuevo, la mano derecha agarró el cuchillo afilado con que había estado trinchando los huevos y le cortó el cuello. María, unida a su hermana Isabel por el cuello desde que nació, dejó caer la cabeza a un lado, mientras manchaba de sangre aún más las baldosas de la cocina. Isabel la miró y sólo pensó que, desde esta nueva perspectiva, su hermana siamesa no era más guapa que ella.

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